La Cuarta Revolución Industrial de frente al COVID-19

La Cuarta Revolución Industrial de frente al COVID-19

La Cuarta Revolución Industrial de frente al COVID-19

Te recomendamos leerlo porque analiza el impacto de la revolución digital —inteligencia artificial, mecatrónica, internet de las cosas, nanotecnología o biotecnología— en el mercado laboral, en el marco del gran confinamiento provocado por la pandemia del coronavirus.

 

¿Sabías que?

Si bien, los alcances de la Primera Revolución Industrial tardaron unos 120 años en abarcar todo el mundo y los de la Segunda todavía no permean completamente en al menos 15 % del planeta hoy en día, la integración digital de la Cuarta Revolución Industrial en menos de 15 años ya se ha extendido casi plenamente entre países desarrollados, y en vías de desarrollo, de manera indiscriminada.

—Texto—

La emergencia sanitaria a la que nos enfrentamos en todo el mundo ha puesto al descubierto muchas de las costuras políticas, económicas y sociales de la configuración de distintas sociedades en el siglo XXI. En ese sentido, me parece fundamental recuperar el trabajo de Klaus Schwab, director ejecutivo del Foro Económico Mundial, como clave de lectura para comenzar siquiera a entender a lo que nos enfrentamos en el ahora llamado Great Lockdown (GL), producido por la pandemia de COVID-19 que azota casi todas las regiones del planeta en estos momentos; particularmente, lo que ha propuesto desde 2016 como una “Cuarta Revolución Industrial” (4IR en inglés) que desde hace más de una década ha venido modificando diversas esferas de nuestras vidas cotidianas.

En su libro The Fourth Industrial Revolution (2016), Schwab argumenta que:

la intensidad de las innovaciones y disrupciones tecnológicas de las últimas dos décadas ha sido tan violenta que “traen consigo nada menos que la transformación de lo que entendemos como humanidad”. Y aunque muchas de esas invenciones y sus disciplinas aún están en una relativa infancia—la inteligencia artificial, la mecatrónica, el internet de las cosas, la impresión en 3D, la nanotecnología y la biotecnología, por mencionar sólo las más espectaculares—, ya empiezan a llegar a “un punto de inflexión en su desarrollo como para construir sobre ellas y amplificarse mutuamente en una fusión de tecnologías que cruzan nuestros mundos físicos, digitales y biológicos”.

Esta 4IR parece no sólo ser del tamaño de la primera (aquella que trajo al mundo industrializado la máquina de vapor y los ferrocarriles) sino que amenaza con alcanzar velocidades todavía inimaginables para los expertos en historia económica hasta el momento. Vaya, estas innovaciones son tan rápidas y disruptivas que cualquier prospectiva en estos términos se antoja somera y quizá hasta ociosa. Cualquier pronóstico a mediano plazo se puede ver destruido por algún avance tecnológico que aparezca en los próximos meses, sino es que semanas.

Si bien los alcances de la Primera Revolución Industrial tardaron unos 120 años en abarcar todo el mundo y los de la Segunda todavía no permean completamente en al menos 15% del planeta hoy en día, la integración digital de la 4IR en menos de 15 años ya se ha extendido casi plenamente entre países desarrollados, y en vías de, casi de manera indiscriminada. Sin embargo, la profusión de los distintos avances tecnológicos del siglo XXI no implica una integración igualitaria o equitativa. Por el contrario, como ha señalado Jon-Arild Johannessen:

“aunque la sociedad industrial fue la causa de que las clases medias crecieran y vivieran con mayor confort, hay mucho que sugiere que la Cuarta Revolución Industrial destruirá dichas clases medias”.

En gran medida, Johannessen y otros críticos de la 4IR argumentan que estas innovaciones tecnológicas han distorsionado los mercados laborales de tal modo que mucho de lo que entendemos como industria, oficina y trabajo se vuelva redundante en la medida que se automatizan procesos y desaparecen espacios físicos para ellos.

 

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El paraíso digital que puede significar para muchas personas la digitalización total del trabajo, para muchas otras representará—sino es que representa ya, como la emergencia sanitaria actual muestra—la pérdida de sus empleos y la precarización de sus sueldos y formas de ganarse la vida. En ese mismo sentido, Johannessen identifica como motores de fuerza de estas transformaciones “la robotización, informacionización, uso de inteligencia artificial y la individualización” en los espacios de trabajo de la 4IR.

Un mundo interconectado, pero fragmentado al mismo tiempo, en el que ciertas bisagras sociales a las que estamos acostumbrados desaparezcan, tanto para bien como para mal.

Siguiendo esta misma línea de pensamiento, el GL ha servido como laboratorio teórico y empírico para poner a prueba los alcances y limitaciones de la 4IR en tiempo real y de manera aún más acelerada en el mundo concreto. Paul  Miller, por ejemplo, considera que la pandemia actual se ha vuelto un estudio de caso de la 4IR que al mismo tiempo funciona para estudiarla y para acelerar sus procesos.

Por un lado, puso al descubierto la necesidad pre-COVID y post-COVID de construir y fortificar espacios de trabajo digitales que hoy en estos tiempos se han presentado como la salvación de empresas y comercios, así como de instituciones educativas; paralelamente, no obstante, ha hecho que nos demos cuenta de que la fuerza de trabajo debe estar digitalizada también -más allá de contar con las herramientas tecnológicas necesarias- con capacitación constante y bien dirigida.

Miller va más allá y sugiere que incluso la seguridad social se está digitalizando, al no poder saturar hospitales y tener que recurrir a tratamientos médicos totalmente remotos. Dando por sentado, por supuesto, la importancia del comercio digital.

En ese mismo sentido, Julia Goldstein y colegas han defendido que precisamente la 4IR ha permitido que la industria médica trate de acoplarse a la “velocidad, alcance e impacto de la pandemia de COVID-19”: se está utilizando inteligencia artificial para diagnósticos, tecnología móvil para la recopilación de datos, seguimiento de contactos entre infectados, incluso el uso de cámaras con reconocimiento facial para identificar la adecuada implementación de sana distancia en espacios públicos, etcétera.

A pesar de su entusiasmo, ellos mismos reconocen que la capacidad tecnológica no existe en el vacío, y el aceleramiento de la 4IR para el combate a esta pandemia tendrá que venir acompañado de regulación legislativa, discusiones extensas sobre privacidad y liderazgos modernos que sepan encauzar los beneficios y bondades de estas innovaciones tecnológicas a futuro, más allá de la practicidad del teletrabajo, la teleducación y la telemedicina.

Asimismo,

Xiao y la Oficina del Embajador Tecnológico de Dinamarca (OETD) han presentado análisis descriptivos sobre las tendencias de la 4IR en el contexto del GL y la pandemia de COVID-19. Por un lado, la OETD ha dejado muy claro que la necesidad ya superó a la mera posibilidad de la transformación digital que se viene cantando desde hace años y que la situación actual ha obligado al planeta entero a replantear su uso de efectivo y tarjetas de crédito para privilegiar el comercio enteramente digital, la utilización de datos para el resguardo de la salud pública de las naciones y la migración a instituciones laborales y educativas digitales.

Por el otro lado, Yan Xiao agrega a esas mismas tendencias las búsquedas por entretenimiento digital y el establecimiento de una cadena de suministro 4.0 (que digitalice y automatice lo más posible movimientos y entregas), subrayando la importancia de una “presteza digital” que sobreviva la pandemia para que los negocios y la vida puedan seguir sus cursos incluso en medio de crisis y emergencias.

Como todas las revoluciones industriales anteriores, la 4IR traerá consigo ganadores y perdedores que en gran medida están determinados desde el punto de arranque (Krozer, 2019; Monroy-Gómez-Franco, 2019), puesto que las desigualdades sistémicas que atraviesan la vida en el siglo XXI son buenos predictores de profecías autocumplidas. Las precondiciones que impone la 4IR dejan al descubierto que la mayoría de las demografías de países en desarrollo no tienen acceso, de entrada, a las tecnologías, conocimientos y ambientes para la digitalización completa de industrias y oficios.

En el mejor de los casos, agravará los precariatos señalados por Johannessen; en el peor, los soslayará casi por completo. Peor todavía en un país como México, en el que la política industrial horizontal y transversal se antoja casi inexistente y requiere de décadas de esfuerzo, planeación y voluntad política para realizarse, para acaso poder implementarla en los márgenes de lo posible. Es, en suma, un contexto desolador que apunta a abrir brechas de desigualdad de mayor calado a las actuales.

La Cuarta Revolución Industrial presenta retos y oportunidades para todos.

Involucra el reentendimiento de la pedagogía, de todas las industrias del siglo XXI y, como bien apunta Schwab, de lo que entendemos por la humanidad misma. La crisis sanitaria que estamos viviendo en 2020 ha servido para mostrar lo presente que está esta 4IR en nuestras vidas. Bien encauzada y comprendida, nos puede llevar a superar esta emergencia y buscar una mejor vida para todos; igualmente, y por desgracia, pone al descubierto sus horrores y problemáticas que no fácilmente desaparecerán y, más bien, es probable que se agudicen con el paso de los meses y los años.

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